Al acabar de cenar Emily se había olvidado del gato, si te preguntas como pudo olvidarse de un asunto tan peliagudo tan pronto, te diré que fue ese preciso momento que su madre, Oona le propuso sus planes. Oona temía causarle inconveniencias a Emily pero debían mudarse a la ciudad. ¿Por qué? Se sorprendió Emily por la rapidez de su reacción, normalmente se habría ido a la cama y se habría pasado dos horas sin poder dormir pensando, hasta caer rendida, soñar con ello, despertarse dos horas antes de la hora normal, y seguir pensando en lo mismo.
Eso es al menos lo que había pasado estos dos meses, y al final lo había solucionado durmiendo en la habitación de Olimpia dónde se quedaba dormida mirando el cuadro de la marina. Las ventanas daban al este y en la habitación entraba la luz azulada de la mañana antes casi incluso que hubiera salido el sol. En la cama de Olimpia no soñaba, y no le hacía falta pensar. Cuando su madre le hubiera despertado para desayunar Emily le habría contado sus preocupaciones, las cuales eran pacientemente desterradas por Oona. Pero no era ese el caso, esta vez no había tenido que pasar la noche en vela, sabía que no quería mudarse.
- ¿Por qué?
- No será mañana, pero vamos a tener que vender la casa y mudarnos a un piso.
- ¿y dónde vas a meter tus muebles?
- Qué remedio, los venderé.
Emily miró alrededor y suspiró, al menos no sería mañana, aunque fuera sólo porque había muchos trastos.
No fue enseguida, pero pronto empezó a desfilar el ejército de muebles hacia su destino desconocido. Primero fueron los que de verdad tenían dueños y que sólo habían pasado por la casa para darles un lavado de cara, o curarse de unos achaques. Luego se fueron los verdaderamente buenos y bonitos, como una mesa de té con incrustaciones de nácar y hueso que había sido la preferida de Oona. Al final sólo quedaban a los que les faltaba una pata, o el tiempo se les había comido el color y los barnices.
Oona seguía trabajando, y Emily seguía yendo a clases, pero ya no eran horas de descanso porque todo el mundo sabía que su abuela había muerto y que Emily tendría que mudarse, así que ahora le dejaban ganar en las carreras y Francis había perdido el interés en su pelo
Por las tardes, en casa se sentaba en una otomana apolillada a hacer los deberes mientras Oona seguía trabajando con las ventanas abiertas por las que en vez de salir los vapores, cada vez entraba más el calor.
- Sal fuera, no quiero que respires esto.
- Vale, sal conmigo a jugar.
La respuesta era siempre “no puedo”. Y Oona la daba con un movimiento de cabeza muy convincente.
(me he subido por las ramas y las paredes, luego sigo.)


